Cuando truena
En las afueras de la estación, tres hombres caminan hacia descampado. Les vio de lejos y se escondió en un viejo vagón en vía muerta al que le había crecido maleza en las ruedas. Una rendija cómplice le permitió distinguir dos guerreras y una camisilla blanca. De cerca vio tres rostros que nunca olvidaría. Tembló. Sin tiempo de tomar decisión alguna, rugieron los fusiles. El furgón sirvió de caja de resonancia y sintió que el trueno le reducía a polvo de óxido. El viento alejó las descargas en ecos precipitados. Al poco regresaron los hombres uniformados. Volvió a temblar, de rabia.
Muchos años después, lejos de aquella estación, el azar le cruzó con uno de aquellos sujetos. “Yo te conozco”. Recibió un gesto perplejo. “¿De qué?” Llovía, y las gotas dibujaban sus arrugas. “Yo te conozco”, sentenció. Y se fue.
Al borde de los cien años, en los días de tormenta, aún escucha cómo siguen viajando las salvas que denuncian, para la eternidad, el asesinato. Todos los asesinatos.
(Basado en hechos reales)
