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domingo, 14 de diciembre de 2008

Vía muerta

A finales de 1997 la N-I se colapsaba en nuestra provincia debido a la nieve. Ni era una novedad ni sería la última vez; conocemos la desgraciada suerte de sufrir, a lo largo de los tiempos, a una caterva política inútil y desinteresada que nos ha condenado a padecer unas infraestructuras deficientes o mal atendidas, o ambas cosas a la vez.
Por entonces Arias Salgado era el ministro de Fomento y el centrista Miguel Ángel Rodríguez portavoz del Gobierno de su amo. En aquella España que iba bien, el escándalo de cientos de vehículos atrapados en la principal carretera de este país tenía explicación en la irresponsabilidad de los conductores, que viajaban cuando no debían. Rodríguez dixit.
Hoy desaparecen los trenes de nuestro centro urbano, otra de las vergüenzas al aire de unas administraciones torpes y tardas. Nací en la calle Madrid, y las vías han sido mis vecinas. Alguna vez, de niño, crucé el paso a nivel corriendo ante la proximidad de la locomotora. Era el riesgo de la prisa o de la incosciencia. Nunca me pasó nada. Otros tuvieron menos suerte.
En diciembre de 1997 publiqué en Diario 16 de Burgos una columna que hablaba, once años atrás, de esto y de aquello. Aquel texto terminaba así:

Cuentan que en el venturoso día del 16 de diciembre de 1997 un hombre quiso llegar al centro de la ciudad de Burgos por la N-I, sufriendo un monumental atasco. Más adelante, cuando creía que sus males se habían alejado, un mercancías que traslada, vete tú a saber dónde, dos máquinas quitanieves, le cortó el paso. Aturdido, se bajó del coche y comenzó a gritar: "¡Non fuyades, cobardes y viles criaturas, que un solo caballero es el que os acomete!" Alguien detrás, a la desesperada, intentó detenerle: "Mire vuestra merced que aquellos que allí se parecen no son Arias Salgado y Rodríguez, sino vehículos quitanieves". Dicen que nuestro héroe recobró el pulso, volvió a su asiento, y comenzó a llorar amargamente con la cabeza hundida en el volante. Poco después un municipal golpeaba su ventanilla instándole a circular. Ha pasado la noche en comisaría.

Adiós, tren. Estás ligado a mi infancia en lo bueno (cuando me llevabas a Oña en el extinto Santander-Mediterráneo) y en lo malo. Permanecerás en mi memoria, pero no te echaré de menos.

(El cuadro es de Pepe Carazo, hijo de un ferroviario que está al borde de los 100 años).

domingo, 9 de noviembre de 2008

Plaza Mayor de la vergüenza

Hace ya unos cuantos años que no empleo mi tiempo en leer esa revista publicitaria (para mayor gloria de Aparicio y sus secuaces y pagada con mi dinero), llamada Plaza Mayor. Pero miren ustedes por dónde el sábado tuve la infeliz idea de echarle un vistazo al cabo de los años y casi vomito de asco. Llegué hasta la página 6 y me dio pena comprobar cómo se tira nuestra pasta y hasta qué punto en nuestro Concejo nos toman por imbéciles.

Vayamos por partes: el editorial, que doy por supuesto que sale de las mismas entrañas del Gabinete de Prensa, la voz de su amo que hizo de la censura su seña de identidad en el momento de renovarse cuando el actual alcalde accedió a su cargo en 2003, se preña de una falta de ortografía tan ridícula como vergonzante para quien la escribe: confundir la conjunción adversativa ‘mas’ con el adverbio comparativo ‘más’, siendo esta última la forma que se pretende emplear. Vamos, que no tienen ni idea de cuándo se ha de poner esa tilde. Pero no hagamos de semejante nimiedad un drama y prosigamos.

En la tercera página se nos indica que si quieren saber más de los dineros del Plan Urban (al que se dedica la portada prácticamente en su totalidad), vayamos a la página 18 (bueno, en realidad abrevian como “Pag.”, con lo que habrá que entender que lo de las tildes en esta revista es preocupante). Pero en la página (que no pagina) 18 no hay nada del susodicho Urban, ni en la 17, ni en la 16, ni… Está un pelín más allá del propio sumario, concretamente en las páginas 4 y 5. Esta vez no nos cebemos en el Gabinete munícipe ni carguemos sobre los redactores, no vaya a ser que alguien piense que son celos de esta Palabra hacia esa Gente. Peccata minuta absolutamente habitual en cualquier publicación.

Dejemos las formas y pasemos a los fondos, bajos fondos diría yo. En el editorial anteriormente citado se dice literalmente que el Plan Urban es una inversión de “una docena de millones de euros”, pero por el momento nos conformaremos con 8,2, según el también mencionado sumario de la tercera página, con lo cual se juega a un despiste absurdo que desconcierta al lector. Y ahí mismo se nos anuncia que esa inversión se realizará durante “los próximos siete años”, pero cuando acudimos a la ampliación de la 4 y la 5, los siete años se han convertido en “los próximos cinco años”. ¿En qué quedamos? No sería abusivo denominar a todo este cúmulo de despropósitos como desinformación al ciudadano.

Imaginen cómo tenía ya las pulsaciones a estas alturas de la lectura, pero sabiendo que en casa hay bromazepam, hice de tripas corazón y continué sin imaginar que la página 6 escondía una perla propagandista que hubiera hecho las delicias del mismísimo Goebbels. Cito literalmente: “El Ayuntamiento de Burgos recibió el 18 de octubre en Bruselas (Bélgica) el Premio Europeo Philippe Rotthier 2008 a la Mejor Calidad de Ampliación Urbana en los últimos 25 años por la construcción de la zona residencial Príncipe de Asturias, perteneciente al sector cuatro del Plan General de Ordenación Urbana (PGOU) vigente. La zona es conocida como Villímar Oeste y fue urbanizada entre 2004 y 2006. Se trata de un premio al que se presentaron un total de 230 candidaturas de 30 países”. ¡Joder, qué buenos somos! Pero, ¡ay!, tengo la mente sucia y no me fío. Acudo a internet y compruebo cómo en la página de la Wikipedia dedicada al premio en cuestión no aparecemos entre los ganadores de la edición 2008… ¿Se han olvidado de nosotros? ¿Nos tienen envidia porque hemos superado a 229 candidaturas de 30 países? Busco, busco, y encuentro la respuesta en una publicación francesa (www.lemoniteur.fr): en realidad nos han concedido “une mention spéciale du Prix Philippe Rotthier pour la qualité de l’extension des villes espagnoles”, compartiendo tal honor con… ¡¡¡“Alicante, Bilbao, Carbajosa de la Sagrada, Gijón, La Coruña, Oviedo, Pamplona, Salamanca, San Sebastian (sic), Santander, Santiago de Compostela, Valladolid et Vitoria”!!! Ni que decir tiene que de esta feliz hermandad hispana nuestra Plaza Mayor no dice ni media.

Son sencillamente vergonzosas las burdas ardides del Ayuntamiento, propagando medias verdades o mentiras enteras en una publicación que estafa a los contribuyentes que no comulgan con la ideología imperante en el Consistorio y que insulta a la inteligencia de sus conciudadanos creyéndoles estúpidos.

Y me pregunto qué hace la oposición, muda y ciega, ante semejantes evidencias, en vez de denunciarlo hasta aburrir al personal.

En fin, perdónenme que me negara a llegar a la página 7. Y que tarde otros muchos años en volver a leer semejante libelo. Aunque pensándolo bien…



lunes, 20 de octubre de 2008

Oteando

Otea, Manza. Gracias por haber sido fiel a mis entradas, aquí y en Planeta Historia. Gracias por todos tus comentarios, por todo ese tiempo empleado en leer lo que escribía. Otea, Manza, donde quiera que estés. Siempre permanecerás entre mis Favoritos.

sábado, 27 de septiembre de 2008

Bye, Newman

Adiós, ojos azules. Grande.



lunes, 16 de junio de 2008

Sinestesia

Frente a los anaqueles cargados despertaban sus sentidos. Abierto de par en par, aquel poemario transmitía un intenso olor a canela. Cerró los ojos e inspiró con codicia. Percibió el verso erizado en la palma de la mano y se dejó mecer por la sinfonía de la métrica. ¿Desea algo? La miró despacio, sin reprochar el brusco despertar. Aún no, estoy intentando averiguar si su dulzor empalaga. La librera, que llevaba un buen rato observándole, por un instante temió que se pusiera a dar lengüetazos a la cubierta. Se fue un poco asustada, mientras él regresaba a sus sentidos. Pronto entendió que la primera impresión había sido falsa. No era del todo dulce, pero no podía decir que amargara. Tenía una acidez rebajada. Un gajo de naranja con azúcar, pensó satisfecho. Por favor, señor, ¿me acompaña a la puerta?, le dijo un bigardo uniformado. Sí, después de pasar por caja.

lunes, 19 de mayo de 2008

Cuando truena

En las afueras de la estación, tres hombres caminan hacia descampado. Les vio de lejos y se escondió en un viejo vagón en vía muerta al que le había crecido maleza en las ruedas. Una rendija cómplice le permitió distinguir dos guerreras y una camisilla blanca. De cerca vio tres rostros que nunca olvidaría. Tembló. Sin tiempo de tomar decisión alguna, rugieron los fusiles. El furgón sirvió de caja de resonancia y sintió que el trueno le reducía a polvo de óxido. El viento alejó las descargas en ecos precipitados. Al poco regresaron los hombres uniformados. Volvió a temblar, de rabia.


Muchos años después, lejos de aquella estación, el azar le cruzó con uno de aquellos sujetos. “Yo te conozco”. Recibió un gesto perplejo. “¿De qué?” Llovía, y las gotas dibujaban sus arrugas. “Yo te conozco”, sentenció. Y se fue.


Al borde de los cien años, en los días de tormenta, aún escucha cómo siguen viajando las salvas que denuncian, para la eternidad, el asesinato. Todos los asesinatos.

(Basado en hechos reales)

domingo, 27 de abril de 2008

¿Cuándo aprenderemos?

Es tozuda y se empeña en seguir tropezando en la misma columna. Creo que no hay continuidad en la vieja historia de la Venus pelirroja y su obnubilado esposo. Es un relato al que le han caído los años, aunque tampoco de recién nacido me pareció redondo. Pero no sé por qué, recopilando viejos escritos que iré colgando en este humilde fuste, decidí comenzar con él. Bueno, tampoco puedo decir que fuera su última oportunidad, porque nunca tuvo una primera. En fin, que ahí queda. Y os agradezco a ti, Bipolar, y a Yago los comentarios. Y no quiero hacerlo en la ventana pequeña de los diálogos, sino en el salón principal de una entrada.

Este de hoy tiene los mismos años que la guerra de Irak. Lo redacté cuando me invitaron a participar en unas lecturas públicas en la Biblioteca Municipal Gonzalo de Berceo contra la guerra. Preferí tirar de cosecha propia, aun sabiendo que hay miles de mejores bodegas. Y esto fue lo que parí. Me gusta más, creo que tiene mejor vejez. Y quiero dedicártelo especialmente a ti, Bipolar, obstinada, terca, cabezota (mismos significados, distintas percepciones), que sigues empecinada en seguir leyendo estos post a una columna pegados. Y no sabes cómo te lo agradezco.


George Grosz. 'Cain, or, Hitler in Hell'. 1944. Colección privada

¿Cuándo aprenderemos?

He visto un par de reportajes en televisión sobre la vida y obra de un gran hombre, un hombre que había nacido judío bajo la monarquía autrohúngara, en una pequeña localidad que dista unos 300 kilómetros de la Viena de principios del siglo XX. Cuando uno es niño no sabe de geografías ni de razas; cuando uno es adulto a veces quisiera conservar aquella candorosa ignorancia. Un traslado familiar hizo que aquel niño viviera su infancia en la capital del vals, tan imperial como aburrida para su inquieto espíritu. Se hizo periodista y, a la primera ocasión que tuvo, se fue a Berlín, y luego a París, y más tarde a Hollywood. Su genio creador le hizo un reconocido guionista (algunos creen que el más grande que jamás haya dado la industria de los sueños), y después subió al olimpo de los directores.

Pero aquel hombre extraordinario, niño y joven judío en la Viena de principios de siglo, dejó en Europa una familia que fue abatida por el odio y la sinrazón uniformada en Auschwitz. Aquella enorme herida, imposible de cicatrizar, siempre le acompañó, y quizá por eso, en el drama y en la comedia, diseccionó con la precisión de un cirujano, con el bisturí de la ironía, el escalpelo del sarcasmo, la esencia humana. En cierta ocasión la Paramount, para hacer comercial en Alemania una de sus películas, le pidió que hiciera polaco a un oficial alemán nazi. Se negó.

La fama de aquel hombre fue grande, tanto como la de su dignidad. Cuando a un director español le concedieron un Óscar, llegó a decir que le gustaría creer en Dios para poder agradecerle el premio, pero que sólo creía en aquel niño judío vienés, y que para él era su gratitud. El olimpo de ese hombre grande era tan humilde, que no tardó en llamar al galardonado de palabras admiradas y extraña mirada. Así han de nacer las amistades, llenas de generosidad, limpias de envidias, iluminadas de fascinación.

El director español, llamado Fernando Trueba, cuenta que aquel talento soñaba culminar su dilatada carrera dirigiendo ‘La lista de Schindler’, pero que Spielberg no quiso venderle los derechos de la historia.

Supongo que la mayoría de ustedes han visto ‘La lista de Schindler’. Es terrible y bella, mueve a la reflexión y conmueve el espíritu a partes iguales. O por lo menos a mí me pasa. Hay una escena que parte del rostro horrorizado de una mujer que es empujada hacia una cámara de gas. Poco a poco el plano se abre y se ven a otras mujeres, muchas mujeres, todas desnudas. Son la imagen del desvalimiento, de la tragedia, del espanto, de la angustia, del estremecimiento.

Al poco de estrenarse, Trueba y el genio hablaron por teléfono:

-Fernando, ¿has visto ‘La lista de Schindler’?

-Sí.

-¿Y qué te ha parecido?

-Bien, respondió Trueba sin demasiado entusiasmo, me ha gustado. ¿La ha visto usted?

-Cuatro veces.

Cuatro veces era mucho más interés de lo que al director español pudiera haberle sugerido la película. Era como si el maestro hubiera visto cosas que a él se le habían escapado.

-¿Cuatro veces?

-Sí. Entro en la sala, me siento en la butaca y busco entre los extras a mi madre.

En los últimos días le he dado vueltas en mi cabeza a esa historia. Me emociona, me sobrecoge. No sé si yo tendría el valor de buscar una y otra vez la cara estremecida de mi madre a punto de ser asesinada entre decenas de desconocidas.

Tras una barrera negra y blanca, en Auschwitz se levanta una puerta enrejada que está coronada por la frase ‘Arbeit macht frei’, ‘El trabajo hace libre’. A Billy Wilder, el niño judío que no sabía de geografías ni de razas, su trabajo le hizo libre, nos hizo libres a todos. "Cuando estoy triste hago comedias y cuando estoy muy contento hago dramas", dijo en alguna ocasión. Y aventuro que cuando se sentía huérfano, cuando más echaba en falta el abrazo familiar y cariñoso, ya anciano, entraba en una sala, se sentaba en una butaca, y buscaba entre los extras la faz espantada de su madre.

jueves, 17 de abril de 2008

Declaración

Yo jamás hubiera imaginado una cosa así, se lo juro. Pero hay situaciones que a uno le superan. Le he de confesar que yo no era de esos amantes detallistas, que nunca regalé flores, ni bombones, ni cosas por el estilo. Sólo en nuestro primer aniversario le compré un buen libro que a ella le hizo mucha ilusión. Sí, sí, reconozco que al verla tan feliz en aquella ocasión hubiera tenido que cuidar más esos detalles, pero no va conmigo, ¿sabe usted? Por lo demás las cosas iban bien, o por lo menos eso creía yo. Llevábamos una vida de lo más común, algunos dirían que aburrida, pero era la que ambos habíamos elegido: nos encantaba estar en casa y apenas salíamos con amigos. Pero eso no significa que estuviéramos encerrados todo el día, no se crea usted. Si algo nos agradaba era pasear, largos y deliciosos paseos por los jardines de La Alameda o en el parque de la Esgueva. Podíamos andar horas y horas sin reparar en el tiempo. Tan sólo el anochecer anunciaba retirada, aunque a veces en verano nos refugiábamos en una pequeña taberna del Barrio Alto para cenar y después continuábamos caminando hasta las dos o las tres de la madrugada. Todo aquello era hermoso. Sencillo, eso sí, pero hermoso.
Sin embargo ahora aquellos recuerdos no suponen para mí más que dolor, porque ya sólo me queda esta soledad que todo lo inunda, que me ahoga. A veces me siento al borde de la cama, cuando todas las luces se han apagado, y me vienen esos recuerdos de tiempos mejores, como aquel precioso día de nuestro último invierno, de nieve y niños jugando a tirarse bolas, en el que recorrimos el parque abrazados susurrándonos al oído lo mucho que nos queríamos. Fíjese, quién me iba a decir que unas semanas más tarde aquellas promesas eternas se desvanecerían.
Pero dirá usted que todo esto le resulta aburrido, pesado, que no le ayuda nada para comprender mi caso. Verá: ella jamás se maquillaba; por otro lado no lo necesitaba. Pero un día, al regresar del trabajo, la noté algo distinto, con su belleza alborotada de rímel y carmín. Yo le pregunté, no se crea, pero esquivó mi interrogatorio entre despreocupada e incómoda. Reconozco que me descubrí molesto. Era la primera vez que sentía que me estaba ocultando algo y por eso insistí. Pero ella me negó una explicación que me tranquilizara. Es más, zanjó la cuestión dándome un beso en la mejilla y susurrándome que era un tonto, que no tenía porqué preocuparme. Eso me dolió aún más. ¿Preocuparme? ¿Por qué tenía que estar preocupado?
Aquella maldita noche, con el destino apostado en nuestra contra, comenzó la cuesta abajo, la frenética pérdida de una vida maravillosa. A veces pienso que no tengo porqué quejarme, que igual que vino se fue. A la vida no hay que pedirla explicaciones, ¿no cree?, aunque siempre pensamos que ha sido injusta. Yo por lo menos estoy seguro de que conmigo lo ha sido. Pero no pienso protestar ahora, es demasiado tarde para lamentaciones.
Nos fuimos a la cama y se durmió enseguida. Pero yo no. La sangre me hervía. Al cabo de un rato, cuando comprobé que estaba profundamente dormida, encendí la lamparilla y me la quedé mirando. Allí estaba, medio desnuda, como una diosa del Olimpo suspendida entre nubes blancas. El sonido de su respiración, a mi costado, me golpeaba aquí adentro, como patadas acompasadas a los latidos de su corazón. ¿Qué derecho tenía para dormir tan tranquila mientras yo estaba sufriendo por su culpa? Me sentía un estúpido. Después de un buen rato apagué la luz, decidido a conciliar el sueño, esperanzado en que por la mañana las cosas fueran como antes. Aun con la oscuridad tardé una enormidad en dormirme. Sólo el agotamiento venció a mi angustia, mientras en la cabeza seguía repitiéndome: ¿preocuparme?, ¿por qué tengo que estar preocupado?
El nuevo día no resolvió nada. Al abrir los ojos me encontraba sólo en la cama. Las arrugas de la sábana en el otro extremo denunciaban su ausencia. Salí disparado hacia la cocina, pero a mitad del pasillo noté su presencia en el baño. Acababa de salir de la ducha, espléndida, con su soberbia cabellera roja resplandeciendo en su palidez. Era el Nacimiento de Venus, la mismísima musa de Botticelli. Me regaló una breve sonrisa, la última, mientras yo, como un imbécil, devolvía el tesoro con una mirada furiosa.
Así transcurrieron varios días, entre conversaciones triviales, casi siempre distantes, y miradas furtivas, robadas al orgullo, el mismo sentimiento que nos impide reconocernos desarmados ante la vida, que disfraza nuestra incapacidad innata. No, la verdad es que ella no se volvió a maquillar. Y sin embargo había algo que me incomodaba, un no sé qué que azuzaba el escozor de mis entrañas. Percibía aquella extraña sensación por todos los rincones de la casa. Era algo sensitivo, absolutamente real, que me mortificaba sin piedad. Quizá esa mirada triste que atrapé una noche a la hora de la cena, o el tacto inusualmente frío de su cuerpo por la noche, acaso el tono débil y desvaído de su voz, siempre tan musical y entonces vacía de armonía. Así, créame, pasé días y días, devanándome la mente, escarbando en su figura, en sus movimientos, en sus palabras, en sus ojos, aquello que me diese alguna pista.
No lo descubrí hasta bastante más tarde. Fue un sábado de paseo, pero no de los de antes, sino de los de aquellos atormentados tiempos, caminando sin caricias, sin frases al oído, sin nada... Ella tropezó y me apresuré a frenar su caída. Fue un abrazo fugaz pero suficiente. Respondió con un suave “gracias” en tanto que yo descubría la diferencia: su olor. Era perfume, sin lugar a dudas, pero tan delicado, tan frágil, que si no llega a cruzarse aquella raíz sobresaliente del camino jamás hubiera reparado en él. Había llegado el momento de afrontar la cruda realidad. “Tú me engañas, ¿verdad?”, la pregunté humillado sin despegar la vista del suelo. Ella me miró espantada, como si hubiera descubierto en mí un ser monstruoso y despreciable. Interrumpió su avance con brusquedad, sumida en la desorientación. “Nunca imaginé que llegaras a dudar de mí. Te he sobrevalorado, en realidad eres un estúpido”. Volvió sobre sus pasos y echó a correr sollozando. Jamás me había sentido peor. Ni siquiera tuve las agallas necesarias para correr tras ella y pedirla perdón. Definitivamente era un gusano. Estaba derrotado por mi propia necedad.
Cuando llegué a casa la encontré tumbada en la cama, con los armarios revueltos y una maleta abierta y desordenada en el suelo. Se levantó de súbito, secándose enérgicamente las lágrimas con el dorso de la mano, mirándome desafiante. La angustia de que me abandonara me volvió loco, me puso fuera de mí, ¿lo entiende? La agarré con fuerza por los brazos. Ella me decía que la estaba haciendo daño, que la soltara. “¿Desde cuándo usas perfume? ¡Contesta!” Y antes de recobrar la cordura una enorme bofetada había estrellado su delicado cuerpo contra el suelo. Me miró con desprecio, tragándose la congoja sin descomponerse. Si usted hubiera visto con qué dignidad se levantó, cómo recobró la elegancia, qué hermosa lucía aun con el carrillo enrojecido. Tras un silencio eterno de algunos segundos, rescató por sorpresa aquella deliciosa voz que tantas veces me había susurrado palabras de amor. Sonaba suave, pausada, como milimetrada por un diapasón: “No cabe duda, estás loco... Todo lo hice por ti. Temía que tarde o temprano, una mañana cualquiera, descubrieras en mí la primera arruga. Me horrorizó la idea de que algún día buscases en otra la juventud que yo no tenía. Por eso pensé en el perfume, segura de que te gustaría, creyendo como una idiota que así remediaría males mayores. Pero me he equivocado. Y tú también”. Suspiró profundamente al tiempo que yo me derrumbaba desahuciado. Ni valor tuve para suplicarla clemencia. Sabía que era demasiado tarde. Media hora después desapareció doblando la esquina de la acera de enfrente mientras desde la ventana yo lloraba mi amargura. Todavía llevo grabado, como una condena, su perfume en la palma de mi mano. Enciérreme de por vida, señor juez, se lo ruego. Pero no por suicida, sino por imbécil.

La imagen se titula 'Escena callejera' (hacia 1937), de Mark Rothko. National Gallery of Art, Washington.

martes, 25 de marzo de 2008

Golden Ticket

Quitó el envoltorio sin esperar nada más que lo prometido. Pero la caja escondía una sorpresa impresa en oro y negro. Una sencilla tarjeta sin fecha de caducidad aseguraba un bonito regalo: “Canjee este ticket en el establecimiento donde adquirió el producto”. Demasiado fácil, pensó. A él, que nunca le había tocado nada.

No pudo evitar fantasear con la posibilidad de que aquello fuera cierto, que por una vez la suerte no se riera en sus narices. Y también imaginó una posible cara de desconfianza del dependiente al ver el boleto ganador. ¡Pues él verá lo que hace, porque aquí lo dice bien claro!

Ya por la tarde, allí se fue con su fortuna. “Mire, que esta mañana compré esto y dentro venía este papel”. Acertó con la cara desconfiada del empleado, pero por ventura una compañera sabía de qué se trataba. “Por fin ha salido, después de tantos meses. Enhorabuena”. El tesoro aguardaba en el almacén, esperando a que alguien llegara a reclamarlo. Y sí, era él su nuevo dueño. Podía haber sido cualquier otro, como siempre, pero esta vez era él.

Se acordó de Charlie encontrando su ‘Golden Ticket’ en la tableta de chocolate Wonka. Y dio las gracias a Roald Dahl por conocer los secretos de las sorpresas y a Tim Burton por poner cara a la suerte.

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